Observando al Observador

oservar mi destino

Andrés Monroy

Observando al Observador

El tema del aprendizaje es un asunto fascinante. Tan fuertes son los paradigmas asimilados durante toda nuestra vida que desaprenderlos, o mejor dicho, aprender nuevas formas de aprender, a muchas personas se les hace prácticamente imposible.

Sino, mire usted cuanta gente se inscribe en cursos, talleres, seminarios, retiros, y pare usted de contar, sobre un sinfín de técnicas y métodos que aseguran su transformación, y al cabo de cierto tiempo las vemos de nuevo en su antiguo y conocido redil, rumiando sus insatisfacciones, y no pocas veces concluyendo que tal o cual herramienta no da resultado, como si la felicidad viene con el certificado que reciben. No, la cosa es un poco más complicada.

Estas formas de aprender, desde que somos niños, se alzan como inmensas murallas, y defienden la aceptación de verdades absolutas, como si de verdad estás existieran, como si las cosas fueran de una sola y determinada manera, inamovibles e incuestionables.

Son modelos aceptados socialmente, que nos inducen a separarnos, a distanciarnos, a defender nuestros pequeños feudos, a ver nuestra realidad como única e indisoluble, sin darnos cuenta que todo lo que “sabemos” ha sido aprendido, asimilado o modelado.

En consecuencia, vivimos en una permanente ilusión, la del Yo, que niega el hecho ineludible de pertenecer a un sistema mayor, integrado e interdependiente, que nos conecta y afecta constantemente, querámoslo o no.

Si entiendo esto,  entonces veo cuan inútil es negar el hecho de que me constituyo en lo que soy gracias a la existencia del “otro”, en mis relaciones con él. La película “El Naufrago” ilustra de manera magistral este punto. Chuck (interpretado por Tom Hank) naufraga y va a dar a una isla desierta (la metáfora es exquisita), allí la búsqueda desesperada por encontrar la legitimación de su existencia lo lleva a crear a “otro” (una pelota de voleyball, ¡vaya segunda metáfora!), que le da ese soporte vital, de otra forma no sobrevive.

Lo peor del caso es que una vez que el personaje regresa a la “sociedad civilizada” se encuentra de nuevo con el vacio existencial, producto de los estereotipos, el modernismo, la arrogancia del ser humano, la separación. Una paradoja sin aparente solución: en muchas ocasiones, mientras más acompañados estamos, más solo nos sentimos.

Quede claro, que no pretendo condenar a la hoguera nuestra forma de estar en el mundo, sino más bien comprender que hacemos lo que hacemos porque no hemos encontrado opciones distintas en esa forma de estar, y que nos produce esa sensación de vacío la veces que nos quedamos solos con nosotros mismos.

A estas alturas de nuestra vida hemos construido un Yo rodeado por paredes tan altas que es imposible ver lo que hay detrás de ellas, por eso solo percibimos fachadas, caretas, nunca se sabe lo que hay allí. Así nos enseñaron y así aprendimos, por eso esa extraña conformidad con aroma de inconformidad que nos acompaña a todas partes.

Puede tomarnos toda una vida asimilar nuevos aprendizajes. ¿Por qué nos cuesta tanto hacerlo? Porque seguimos enfocando la luz en el lugar equivocado, en el que más nos conviene, en el que exige menos esfuerzo. Es como el  viejo cuento conocido del hombre que perdió las llaves en la calle y las buscaba debajo de un farol encendido, un tipo se le acerca y le pregunta que busca, y él le responde que unas llaves. El otro le vuelve a preguntar si se les cayeron en ese lugar, y le responde que no, que se les cayeron en aquel rincón oscuro. El paisano se le queda mirando y le pregunta ¿y por que las busca aquí, si se les cayeron allá?, “porque aquí hay más luz”, le responde.

Las llaves de  nuestras vidas, las que abren nuevas posibilidades para lograr mayor plenitud y gozo no están afuera, sino dentro de nosotros.  Lamentablemente es más fácil y menos costoso mirar hacia el exterior que hacia el interior. En ocasiones es doloroso aceptar nuestras carencias, y más aun reconocer la responsabilidad de nuestros actos.

Aprender a aprender, requiere un encuentro íntimo, silencioso y respetuoso con nosotros mismos.  Demanda comprender que es nuestro ego, la ilusión del ser, la que habla por mi cuando defiendo puntos de vistas o verdades “objetivas”, las que me hacen sentir centro del mundo, único e irrepetible, la que en el fondo nos produce un miedo intenso ante la expectativa de mostrarme como soy, por temor al rechazo, a la no aceptación.

Una vez que hemos dado ese primer paso, complejo por demás, pues se trata de ser honestos y sinceros con alguien al que no podemos engañar: uno mismo, sin poses, entonces nos hacemos observadores del observador que estamos siendo, adquirimos un tipo diferente de consciencia, reflejada en una forma de darnos cuenta que antes no “estaba allí”, cuando en realidad siempre ha estado pero invisible a nuestros ojos que solo veían lo que podían ver.

Una vez que logras avanzar hacia tu propio encuentro, es probable que te sorprendas guardando silencio en medio de una discusión, cuando antes hubieras arremetido con tus verdades inequívocas. Quizá te veas poniéndote en los zapatos del otro, tratando de comprender sus puntos de vista de manera respetuosa. Tal vez sientas que un pequeño rayo de humildad llega a ti, y se expande desde tu interior.

Es posible que comiences a tratarte con gentileza y amor, que guardes el látigo con que te flagelas cada vez que te equivocas, porque abras comprendido que los errores no existen sino como experiencias que nos hacen crecer.

Acaso te des cuenta, que formas parte de un sistema que cambia, que fluye constantemente, y que tú te mueves con él, inexorablemente, como una gota en el inmenso océano de la vida.

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